Leyenda de El Señor del Rebozo. Ciudad de México


A mediados del siglo XVI funcionaba ya como convento dominico, el edificio situado a espaldas del que fuera templo de Santa Catalina de Siena, ubicado en la calle de su nombre hoy República Argentina. Fundado por ayuda pecuniaria de tres mujeres sumamente religiosas y ricas conocidas por “Las Felipas”, este convento recibía la ayuda de casas y encomiendas y rentas producto de una especie de fideicomiso de estas Felipas y así comenzó a recibir monjas que se acogían a la advocación de Santa Catalina de Siena.

Señor del Rebozo. Wikipedia.

Señor del Rebozo. Wikipedia.

En el Templo que como se dice y se sabe, daba a la hoy calle de la República Argentina, estaba entrando a la derecha, un Cristo de madera, esculpido por anónimo escultor, uno de tantos imagineros que dejó para siempre su arte religioso sin que se recuerde su nombre. Era un Cristo de mirada triste, de palidez mortal, con grandes llagas sangrantes y una corona de espinas cuyas puntas parecían clavarse en la carne, la madera que asimismo escurría sangre. Daba lástima esta triste figura del Señor colocada a la entrada del templo, con su cuerpo llagado, flácido y apenas cubierto con un trozo de túnica morada.

Tal vez este triste aspecto del Cristo cargando la Cruz fue lo que motivó a una monja que llegó como novicia bajo el nombre de Severa de Gracida y Alvarez y que más tarde adoptara al profesar, el de Sor Severa de Santo Domingo. Pues bien esta monja, cada vez que iba a misa al templo de Santa Catalina, se detenía para murmurar un par de oraciones al Señor cargado con tan pesada cruz al grado de que cada día lo advertía más agobiado, más triste, más sangrante.

Pasaban los años y a medida que la monja Sor Severa de Santo Domingo solía pasar más tiempo ante el Cristo, mayor era su devoción, mayor su pena y más grande la fe que profesaba al hijo de Dios.

Así pasaron los años, treinta y dos para ser más exactos, la monja se hizo vieja, enferma, cansada, pero no por eso declinó en su adoración por el Señor de la Cruz a cuestas, sino que aumentó a tal grado de que lo llamaba desde su celda en donde había caído enferma de enfermedad y de vejez.

Una noche ululaba el viento, se metía por las rendijas, por el portillo sin vidrio ni madera, calaba hasta los huesos viejos y cansados de la monja. El aire azotaba la lluvia y la noche se hacía insoportable.

-!Jesús.. Cristo mío! -gritó la monja con voz casi inaudible, pero llena de dolor, tratando de abandonar su lecho de enferma-, dejádme que cubra vuestro enjuto y aterido cuerpo… venid a mi señor, y mostráos ante esta pecadora que sólo ha sabido amarte y adorarte en religiosa reverencia.

Arreció el vendabal…

Señor del rebozo. Foto: emmanuelborja,2014

Señor del rebozo. Foto: emmanuelborja,2014

Y lo insólito de esta historia ocurrió entonces. Llamaron quedamente a la puerta de la celda de la enferma monja y ésta con muchos trabajos se levantó y abrió, para encontrarse ante la figura triste de un mendigo, casi desnudo, que parecía implorar pan y abrigo.

La monja tomó un mendrugo, un trozo de la hogaza que no había tocado y le ofreció el pan mojado en aceite, agua y sacando de su ropero un chal, un rebozo de lana, cubrió el aterido cuerpo del mendigo.

Terminado de hacer esto, el cuerpo de la monja se estremeció, lanzó un profundo suspiro y falleció.

Al día siguiente hallaron su cuerpo yerto, pero oloroso a santidad, a rosas, con una beatífica sonrisa en su rostro marchitado por los años y la enfermedad.

Y allá en el templo de Santa Catalina de Siena, cubriendo el enjuto y sangrante cuerpo del Señor con la cruz a cuestas, el rebozo o chal de la vieja monja.

Desde entonces y considerado esto como un milagro, un acto inexplicable, las religiosas y los fieles bautizaron a esta imagen como “El Señor del Rebozo”.

Notas importantes:

  • Las religiosas del Convento de Santa Catalina de Siena se consagraban a la vida contemplativa, dicho en otras palabras, eran de clausura, por lo que una vez que entraban no volvían a salir ni siquiera al morir, pues eran sepultadas en el coro.
  • Este cristo fue obsequiado al convento por el arzobispo de México fray Marcos Ramírez en el año de 1666 y unos meses después de su llegada, mostró dotes milagrosas al curar una epidemia de calentura maligna que la medicina y remedios no pudieron aliviar. Después de encomendarse al Nazareno, las religiosas enfermas atestiguaron que Cristo vestido como aquella figura, se apareció para sanarlas, desapareciendo de inmediato dicha epidemia.
  • Después de la epidemia, el Nazareno se trasladó al templo, y se cuenta que por ese hecho, en medio del convento y de la nada surgió un manantial de agua cristalina que inundó todo el lugar. Las religiosas, pidieron el regreso del Cristo para solicitarle ayuda, se cuenta que al momento de regresar al convento, el manantial se secó, tomando esto como una señal de que ahí era su lugar.
  • La imagen se encuentra actualmente en el templo y plaza de Santo Domingo, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, en las actuales calles de República de Brasil y República de Colombia.
  • Esta imagen también se venera en la capilla de San Felipe de Jesús, de Tenancingo, Estado de México, lugar de elaboración de rebozos artesanales.
  • Al Señor del Rebozo se le ofrenda esa prenda como agradecimiento a un favor recibido; su celebración al ocurre el primer viernes de cada mes, aunque la celebración mayor es el primer viernes de marzo.
Templo de Santo Domingo de Guzmán. Centro Histórico de la Ciudad de México. Wikipedia.

Templo de Santo Domingo de Guzmán. Centro Histórico de la Ciudad de México. Wikipedia.

Esta leyenda dio lugar a un poema de Juan de Dios Peza que a continuación se expone:
 
El Señor del Rebozo
Juan de Dios Peza
Leyenda de la calle de S. Catalina.de Siena
Hubo entre las muchas monjas
obedientes a las reglas
que ha santificado el nombre
de Catalina de Siena,

una que fue vivo ejemplo
de humildad y de pobreza,
en sus costumbres sin tacha
y en su devoción discreta.

La juzgaron una santa
por sus virtudes austeras
cuando de cerca la vieron
en el coro y en la celda.

Era de familia pobre
de faz apacible y bella,
con los ojos siempre alzados
a la azul, celeste esfera.

Con tal tez limpia y brillante
cual pétalo de azucena
y los labios sólo abiertos
para la oración más tierna.

Esposa de Jesucristo
le amó con pasión tan ciega
que fue su divino ejemplo
su sólo norte en la tierra.

Costumbre de muchos años
fue para mujer tan buena,
después de extender la noche
sobre el mundo sus tinieblas,

sin ser vista por ninguno
bajar del claustro a la iglesia
y recatada en las sombras,
sola, en la nave desierta,

arrodillarse temblando
ante la imagen excelsa
de un Nazareno que marcha
cargando la cruz a cuestas,

y con el llanto en los ojos,
y con palabras muy tiernas,
decirle que lo adoraba
con una pasión inmensa.

Que en él cifraba su dicha,
su esperanza hermosa y cierta
y que soñaba al mirarlo
en vida mejor y eterna!

La monja buscaba siempre,
en invierno, en primavera,
para su altar predilecto
en el jardín rosas nuevas.

Siempre en el altar ponía
con gran empeño las ceras,
a fin de que ni un instante
se hallase Jesús sin ellas.

Y en treinta años no dejaron
de arder las sagradas velas
ni halló en el altar ninguno
rosas ajadas y secas.

¡Siempre las flamas brillantes!
¡Siempre las rosas enhiestas!
¡Siempre el altar arreglado
y limpio como de fiesta!

El amor en las mujeres
hace prodigios sin tregua,
y más el amor del alma,
que nada pide a la tierra.

Con burdas y humildes tocas
sus gracias la monja vela
y tiene en vez de placeres
oración y penitencia.

Vive, como en los jardines
la pudorosa violeta,
escondida para el mundo
pero tranquila y contenta.

No conoce más amores
que el santo amo que la llena:
¡El amor al Nazareno
que carga su cruz a cuestas!

Y se siente tan dichosa
cuando de noche le reza,
y cuando en su altar le pone
fragantes las rosas nuevas

que sueña que ya disfruta
la sola vida que anhela,
la vida del amor puro,
la inacabable, la eterna.

En seis lustros, cada noche,
henchida de unción suprema
habló con Jesús a monja
sin que nadie lo supiera.

El tiempo no pasa en vano
para la frágil materia
que pierde con cada invierno
la galanura y la fuerza;

los robles de la montaña
a los años se doblegan
y el heno de sus altas copas
prende sus blancas guedejas.

La piadosa enamorada
de la más alta pureza,
enfermó al cabo, que todo
el que ama tanto se enferma. Fue grande, dura, sin nombre,
su angustia, su oculta pena,
cuando a su santa costumbre
hubo que cortar por fuerza.

Postrada en el tosco lecho
y de lágrimas cubierta
oyendo sonar las horas
que ayer pasara en la iglesia:

“Señor” clamaba “no quieres
que te visite tu sierva;
que tu voluntad se cumpla
en los cielos y en la tierra.

“Ya no puedo dar un paso;
son cual de hierro mis piernas
y siento que por instante
me van faltando las fuerzas.”

“¿Quién mantendrá ante tus plantas
siempre encendidas las velas,
lo mismo que tú mantienes
en el cielo la s estrellas?”

“Estará tu altar muy triste;
las flores estarán secas;
que ninguna ha de llevarte
cada noche rosas nuevas.”

“¡Señor, si pudiera verte,
qué feliz entonces fuera!
Quiero mirarte un momento,
mirarte, y quedarme muerta!”

Al decir estas palabras
vió una claridad inmensa,
un fulgor como el que vierte
en lo alto la luna llena.

Vió después abrirse un muro
y parecer en la celda
la imagen que veneraba
noche por noche en la iglesia.

Acercase el Nazareno
Y con voz dulce y serena:
“He venido a verte” dijo
“porque estás sola y enferma.”

“Aún en mi altar se mantienen
ardiendo la mismas ceras
que tú encendiste, y las rosas
que me llevastes están frescas.”

“Tu fé te salva; no sufras;
mira con amor tus penas,
eres la sierva de Cristo
y Cristo ampara a su sierva.”

Vió la monja que la imagen
iba a salir de la celda,
y como era noche horrible
de atronadora tormenta.

“Señor, no salgas” le dijo,
con voz lacrimosa y tierna:
“¿Cómo ha de mojar la lluvia
tu sacrosanta cabeza?”

“Nada tengo que ofrecerte,
mira cuan pobre es tu sierva,
pero toma este rebozo
de mi santo amor en prenda,”

“Y que te envuelva y te cubra
mientras bajas a la iglesia.”
Y cual si estuviera sana
Llena de vida y de fuerzas,

saltó del lecho la monja
dió algunos pasos resuelta
y envolvió del Nazareno
la luminosa cabeza.

A la mañana siguiente,
según dice la leyenda,
hallaron sobre su lecho
a la humilde monja muerta.

Emanaba su cadáver
fresco olor de rosas nuevas
y una luz cual la que vierte
en lo alto la luna llena.

Y cuentan que vieron todos
con indecible sorpresa,
dentro del sagrado nicho
en que la imagen se encierra,

al Nazareno, mostrando
del raro prodigio en prenda,
sobre su cuerpo el rebozo
que usaba la monja aquella.

En México, desde antaño
piadoso el pueblo celebra
en honor del Nazareno
que motiva esta leyenda,

año por año, en el templo
de Catalina de Sena,
el primer viernes de marzo,
una religiosa fiesta.

Acude al altar el pueblo,
pues según el vulgo cuenta,
si ante el Señor del Rebozo
treinta y tres credos se rezan,

de tres gracias que le pidan
una gracia nunca niega,
siempre que resulte justa
y al creyente convenga.

Así, peinando sus canas,
me lo contó una vieja
así lo digo peinando
las canas en mi cabeza.

Leyendas de Las Calles de Méjico.  Juan de Dios Peza.

Leyendas de Las Calles de Méjico. Juan de Dios Peza.

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2 thoughts on “Leyenda de El Señor del Rebozo. Ciudad de México

  1. Pingback: El rebozo, una prenda de identidad mexicana | Asociación de Amigos del Museo de Arte Popular

  2. Un día fui a desayunar con unas amistades a la fonda de santo domingo, una de ellas al salir me preguntó donde quedaba la iglesia, le respondí muy cerca de aquí si quieres vamos, pero la apremiaba el tiempo y dijo venir otro día con calma solo a la iglesia. Le pregunté porqué el interés, y respondió, debo un rebozo y no lo he traído ya hace mucho tiempo, como que un rebozo pregunté, a quién y respondió que al Cristo del Rebozo, ya que le encomendó a sus hijos y le cumplió el milagro. Así que me interesé por investigar sobre el Cristo y en la catedral compré la estampa con su imagen, y lo he divulgado con mi familia y amistades. Espero que también me escuche y me conceda lo que con fervor le pido.

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